Porque, al contrario de lo que a veces se imagina, el agotamiento ligado a la expatriación no afecta únicamente a la persona que trabaja o a quien impulsó el proyecto. Suele afectar a toda la familia. Aunque estos desequilibrios son frecuentes, ya que forman parte del proceso de adaptación, es importante reconocerlos para no dejar que las dificultades se instalen en silencio.
Sin embargo, muchos expatriados siguen funcionando como si ese cambio no tuviera ningún impacto sobre ellos. Quieren ser tan eficaces en el trabajo como antes, estar igual de disponibles para su familia e implicarse socialmente con la misma intensidad. Desean recuperar rápidamente el mismo nivel de confort y de eficacia que tenÃan en su paÃs de origen. Como si irse a vivir al otro lado del mundo no tuviera, al final, que cambiar nada. Esta exigencia suele ser muy fuerte. Al fin y al cabo, el proyecto se eligió de forma voluntaria. A veces incluso se ha dejado una situación cómoda para vivir esta aventura. Entonces uno piensa que no tiene derecho a quejarse, que hay que triunfar, integrarse, mostrarse agradecido o incluso ser feliz. Pero el psiquismo no funciona asÃ.
La expatriación es una experiencia de adaptación permanente. Cada dÃa exige un esfuerzo añadido: entender una nueva cultura, descifrar comportamientos, crear vÃnculos en otro idioma, reconstruir una red de contactos, encontrar su lugar en un entorno desconocido. Por separado, esos esfuerzos parecen insignificantes. Sumados a lo largo de varios meses o varios años, pueden volverse enormemente costosos a nivel psÃquico, y es algo normal.
Cuando un padre o una madre se agota, toda la familia se adapta
Me parece que una de las particularidades del burnout en la expatriación es que casi nunca afecta únicamente a la persona implicada. En una familia expatriada, cada miembro depende más de los demás. Al haber menos referencias externas, la familia se convierte a menudo en el principal espacio de seguridad psÃquica. Cuando uno de los padres se agota, eso acaba repercutiendo con frecuencia en todo el sistema familiar. El padre o la madre afectado se vuelve, sin quererlo, menos disponible a nivel emocional. Puede mostrarse más irritable, más impaciente y más preocupado por dentro. Los hijos perciben esos cambios con gran sensibilidad. Aunque no se diga nada, captan las tensiones, las preocupaciones o el cansancio de sus padres. Algunos se vuelven más ansiosos. Otros presentan trastornos del sueño, dificultades escolares, dolores de barriga o conductas más desafiantes.
Por eso me parece esencial hablar con los hijos cuando se atraviesa una etapa difÃcil. Con palabras sencillas, adaptadas a su edad. No para hacerles cargar con nuestras dificultades, sino para permitirles entender lo que está pasando y, sobre todo, saber que no son responsables de ello. No dudes en buscar el acompañamiento de un profesional si lo necesitas.
En conclusión, la expatriación exige una gran capacidad de adaptación. Suele implicar reajustes, etapas de desequilibrio, momentos de duda e incluso, a veces, cuestionamientos profundos. Eso forma parte del proceso.
A veces nos gustarÃa atravesar este cambio sin vernos afectados, como si nuestro psiquismo tuviera que adaptarse tan rápido como nuestras maletas. Pero las cosas llevan su tiempo. Encontrar el propio lugar, reconstruir referencias, crear nuevos vÃnculos o, simplemente, sentirse en casa en un nuevo paÃs no es algo que se logre en unas pocas semanas.